—
Mamá, ¿te das cuenta de lo absurdo que suena eso? Lo más racional sería que yo
estuviera en esa entrevista, vas a elegir a la chica con la que tendré que
pasar los próximos años de mi vida en la misma casa.
—
Me niego a que vengas tú y elijas a la peor.
Miré
a mi padre intentando poner cara de pena. Él siempre estaba de mi lado, los dos
nos quejábamos de las mismas cosas y siempre nos reíamos de las manías de mi
madre.
—
No mires así a tu padre, ya os he dicho que no voy a cambiar de opinión. Seré
yo la que elija a tu compañera de piso y ninguna cara de perrito abandonado va
a hacer que me arrepienta. Fran, te veo las intenciones y esta vez no voy a
dejar que mimes más a la niña.
Solté
una carcajada al escuchar cómo me había llamado.
—
Mamá, en serio, no soy una niña y por favor, déjame ir contigo.
—
¡He dicho que no! —Su grito hizo que los dos nos sobresaltáramos.
—
Pero es que seguro que me vas a poner a una pija que no haya roto un plato en
su vida y aun encima será una falsa. ¿De verdad quieres que sufra en mis años
de universidad? Se supone que me lo tengo que pasar bien y recordarlos con una
sonrisa.
—
Prefiero que sea una pija a que se pase el día fumando porros que es lo que
pasaría si la eligieras tú.
—
¿Quieres decirme algo con eso, mamá? ¿Así me ves? Pues vale, haz lo que te dé
la gana que yo la trataré como yo quiera.
Mi
padre se acercó a mí por la espalda y colocó una mano en mi hombro.
—
Tranquilízate, cariño. Quién sabe, igual mamá elige a una tía genial y se
convierte en tu mejor amiga. O tienes mi consentimiento para volverte lesbiana.
—
¡Papá! —Me giré para observar cómo se reía de mí. — Si me he puesto así es
porque mamá se cree que me paso todo el día fumando porros.
—
No me demuestras otra cosa, y tus amistades dejan mucho que desear.
—
Dime lo que quieras a mí, pero déjalos a ellos tranquilos que no te han hecho
nada. Es más, ni siquiera los conoces. ¿Cómo era eso que me decías de pequeña?
Ah, sí, que no prejuzgara a la gente por su apariencia. Aplícate el cuento.
Caminé
hasta mi cuarto no sin antes dirigirle una mirada de odio a la mujer que me dio
la vida, y antes de que diera un portazo la escuché.
—
No diría eso si no fuera porque desde que sales con ellos llegas de madrugada y
muchas veces no encuentras el pomo de tu puerta de lo borracha que vas.
—
Lauren, te has pasado. No puedes tratar a nuestra hija así y sabes que luego te
arrepientes de estas cosas.
—
No tendría que decirle todo eso si tú me ayudaras un poco, que parece que aquí soy
yo el ogro de la película. Estoy harta de ser yo la culpable de todo lo que pasa
en esta casa.
Escuchando
los gritos y sollozos de mi madre me apoyé sobre la puerta de mi habitación y
me dejé caer hasta el suelo. No tenía nada que hacer contra su cabezonería.
Aceptaría
a regañadientes a la compañera que me pusiera, estaba segura al cien por cien
de que sería una copia de mi madre, perfeccionista con todo, maniática hasta el
límite y probablemente intentaría aparentar más de lo que era. Tendría suerte
si no era rubia.
No
tenía nada en contra de ellas, pero a lo largo de toda mi vida, todas las
rubias que habían pasado por ella era para destrozarla un poquito más. Esperaba
el día en el que una me abriera los ojos y me hiciera ver que no tenía que ver
con el color de pelo.
Me
fui a dormir sin cenar porque no tenía ganas de verla y sabía que mi madre
tampoco quería verme a mí. Terminé de desmaquillarme, arreglando el desastre
que había provocado el rímel mezclado con las lágrimas y me escabullí entre las
sábanas deseando, inútilmente, que Lauren escogiera a alguien normal para vivir
conmigo.
—
¿Alexa? —La fina voz de mi padre hizo que volviera a abrir los ojos. Asentí con
un movimiento de cabeza y esperé a que se acercara. —Escucha… Tu madre no
quería decir eso. —Susurró mientras acariciaba mi melena oscura.
—
Papá, sabes de sobra que sí quería decir eso. Ya ha aguantado demasiado tiempo
sin soltarlo, nunca aprecia las cosas buenas que hago y es realmente
frustrante.
—
Para eso estoy yo aquí, para admirar todo lo que hace mi pequeña. —Me dedicó
una leve sonrisa.
—
Ya, ¿y me aplaudes cada vez que fumo, no?
—
Sabes lo que pienso sobre que fumes de sobra y no voy a perder más tiempo
dándote sermones que no van a servir para nada, sólo espero que algún día te
des cuenta de lo que haces y elijas lo mejor.
—
No sé cómo has terminado con mamá, va a ser verdad eso de que los opuestos se
atraen.
Cerré
los ojos tranquilizándome con las caricias y caí en los brazos de Morfeo tan
profundamente que ni siquiera me enteré cuando mi padre cerró la puerta de mi
cuarto para volver a discutir con Lauren.
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